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Clarín • 03.09.2020

El coronavirus y la “tormenta perfecta” que pone en jaque a la enseñanza en la Argentina
Por Manuel Alvarez Trongé, Presidente de Educar 2050

En Argentina se considera al mes de septiembre como el “mes de la educación”. Celebramos el día del Maestro (11/9), el día del Profesor (17/9), el día del Estudiante (21/9) y el día de los derechos del Niño y Adolescente (27/9). Todas estas fechas motivan, año a año, a reflexionar sobre el estado de situación de la enseñanza y el aprendizaje en la República. Pero esta necesidad de análisis es especial para toda la comunidad cuando irrumpe una amenaza llamada COVID-19 que pone en jaque al sistema. ¿Por qué? Porque si bien gran parte de la sociedad se ha percatado de los distintos problemas originados por no tener clases presenciales desde marzo (la brecha digital, las dificultades tecnológicas que supone la educación a distancia, las consecuencias socioemocionales en los estudiantes, docentes, madres y padres que se encuentran sobre pasados, etc.), no todos parecieran ser consciente del escenario de “tormenta perfecta” que hoy se presenta para la educación argentina. ¿Qué significa esto? Que se ha configurado un contexto muy grave producto de la conjunción de tres datos de extrema complejidad: 1) la reciente manifestación de Naciones Unidas y de Unicef declarando que las consecuencias educativas de la pandemia configuran una situación de “catástrofe generacional” para los aprendizajes de los menores y de “emergencia mundial educativa-declaración del Secretario General, 06.08.2020 y documento del 26.08.2020-, 2) el aumento de la pobreza en nuestro país en medio de una emergencia sanitaria que no da tregua (Unicef Argentina estimó el 5 de Agosto pasado que el 62,9% de niños, niñas será pobre para diciembre 2020), y 3) las debilidades educativas pre-Coronavirus (con mayoría de los estudiantes que no terminaba sus estudios obligatorios en tiempo y forma -CEA, “Graduación escasa y desigual” Julio 2019- y que registraba muy bajo nivel de calidad de aprendizajes y una dolorosa desigualdad extendida a lo largo de toda la República –Educar2050 “Aprendizaje bajo, desigual y estancado”, 12/2019). Frente a este escenario es indudable que el mes de la educación 2020 nos muestra, aun con las oportunidades tecnológicas y pedagógicas que también han surgido y abren una esperanza de cambio, uno de los mayores desafíos de la Argentina hacia el siglo XXI. Veremos por ello, todos los jueves del mes, opiniones de diferentes especialistas y autoridades en este espacio del diario que inviten a reflexionar, al compromiso y al profesionalismo en la acción.  

El lazo educativo y un sendero hacia una nueva y noble igualdad.
Columna de opinión de Juan Pablo Lichtmajer,
Ministro de Educación de Tucumán

Transitamos de un mundo binario a uno reticular: (r)evolución tecnológica y antropológica. Un cambio en la especie humana, Harari dixit. Cuando preguntamos por el conocimiento es aconsejable volver a Sócrates y retomar la curiosa ignorancia en la construcción de conocimiento. Cuentan que enseñaba caminando: en la incertidumbre se hace camino al andar y eso estamos haciendo. Otro  valioso legado socrático para la coyuntura actual es el método: enseñar a aprender. Cultivar la duda y  el contacto con el pueblo, una escuela que enseñe a vivir, parafraseando a Serú Giran. Esa escuela requiere sana convivencia, la necesitamos diversa, participativa, arraigada territorial y comunitariamente. Más allá de contenidos y soportes tenemos que repensar el lazo  educativo. Dice Rousseau “empezad por estudiar vuestros alumnos, seguramente no los conocéis”. Un nuevo lazo tiene a los niños y jóvenes en el centro de la construcción del conocimiento y la comunidad. Del “yo enseño” al “nosotros aprendemos”. Los adultos tenemos ese desafío generacional y ético. Sabemos enseñar ¿cuánto estamos dispuestos a aprender? En la década de 1960 el liderazgo juvenil puso en agenda temas clave que hoy florecen: ambiente, género, derechos civiles, descolonización. ¿Seremos capaces de la reinventar la imaginación al poder en el poder de la creatividad? Saber y poder serán necesarios. En la formación docente (esencial para afrontar lo que viene) poder y saber se unen. El estado tiene un rol indeclinable en su formación. Tucumán en la gestión del Dr. Manzur ha desarrollado una política de estado en materia de formación universal, gratuita y de calidad. Tenemos que equilibrar conservación e innovación, unir lo ancestral y lo disruptivo. Sistemas heterogéneos pero planificados: libertad responsable y organizada. El ingrediente sagrado es la creatividad dijo el entrañable Ken Robinson. El desafío educativo es ser creativos para salir adelante sin recetas perimidas por lo que la pandemia dejó al descubierto. El otro pilar fue capaz de que Alberdi y Sarmiento se pusieran de acuerdo al menos una vez: la inversión pública. Un objetivo que Alberto Fernández  puso como prioridad de gestión. La política pública es reticular y colaborativa en su diseño y ejecución, en este marco, la conectividad es condición necesaria para la educación.

La independencia Argentina se gestó en las aulas de Chuquisaca, antes qué guerra hubo educación, que sea este el camino hacia una nueva y noble igualdad.

Una oportunidad para potenciar la tecnología
Columna de opinión de Alejandro Ganimian, profesor de la Universidad de Nueva York.

La pandemia ha resucitado los llamados a aprovechar recientes avances en tecnología para “re imaginar” la educación. Estos llamados no son nuevos. De hecho, se vienen repitiendo desde la invención de la radio, en su mayoría, desde afuera del mundo educativo. Y, a la sorpresa de los educadores, cada llamado parece ignorar los resultados decepcionantes de los anteriores. ¿Por qué repetimos este ciclo?
En parte, porque la desigualdad en el acceso a recursos tecnológicos entre grupos de altos y bajos ingresos se hace cada vez más difícil de ignorar. En parte, porque el “marketing” que impulsa el uso de computadoras y programas educativos ha logrado opacar la evidencia. Y en parte, porque las reformas que resultan populares para los gobiernos no son necesariamente las que tienen mayor impacto en los alumnos.
¿Cómo escapar de esto? Un primer paso es realizar un diagnóstico para: identificar las necesidades educativas que se quieren resolver (mejorar el nivel medio de desempeño estudiantil, reducir brechas o reforzar el aprendizaje de los más rezagados); tomar nota de la infraestructura disponible para adoptar soluciones tecnológicas (electricidad, computadoras e Internet); y entender la capacidad y voluntad de los docentes y alumnos para utilizar la tecnología para fines educativos (usos regulares, creencias sobre su utilidad y necesidad de apoyo).
Mucha de esta información ya fue recaudada en encuestas y evaluaciones. Un segundo paso es familiarizarse con la evidencia sobre los efectos de esfuerzos previos.
La tecnología cuenta con cuatro ventajas comparativas: llevar a escala materiales y estrategias de enseñanza que han atravesado un control de calidad (por ejemplo, a través de clases pregrabadas); expandir las oportunidades de práctica (por medio de ejercicios de práctica); diferenciar la enseñanza (a través de programas inteligentes que ajustan su dificultad en base el nivel y progreso de los estudiantes); aumentar el involucramiento estudiantil (con juegos educativos). Pero el grado en el que la tecnología ha logrado estos objetivos varía por iniciativa, contexto y nivel educativo: es clave entender cómo y por qué.
Un último paso fundamental es pilotear, monitorear y evaluar cualquier innovación que reintroduzca en el sistema educativo antes de llevarla a escala. En particular, es clave entender si se está implementando como se desea, es decir, impactando positivamente en el aprendizaje.
Si no tomamos esta oportunidad en serio, muy pronto vamos a encontrarnos con otro pronunciamiento amnésico del potencial de la tecnología para “revolucionar” la educación

Clarín • 10.09.2020

El desafío de la justicia educativa y la oportunidad para lograr un cambio
Por Manuel Alvarez Trongé, Presidente de Educar 2050

Pese a avances legislativos importantes y a la expansión de la escolarización en los tres niveles, nuestro país enfrenta hoy una enorme deuda educativa. Está vinculada con la cantidad de alumnos que no finalizan los estudios obligatorios, con la baja calidad y con la desigualdad educativa. La pandemia y sus consecuencias agravan este panorama. Esto supone una crisis, con amenazas y oportunidades. ¿Por qué no aprovechar el momento para encontrar consensos y lograr un verdadero cambio educativo nacional?

La Argentina se construyó en base a un acuerdo que tuvo como uno de sus cimientos fundamentales a la justicia educativa. La educación fue un gran ecualizador, un igualador social. Los datos nos indican que desde hace más de tres décadas ya no lo es. La cuna de un bebé que nace en un hogar pobre es, en gran medida, su destino. Las niñas y niños más desfavorecidos siguen siendo unos años más tarde las y los jóvenes más desfavorecidos. Las últimas pruebas Aprender del último año del Secundario (2017) muestran que en Matemáticas solo el 13,2% de los alumnos del Nivel Socio Económico (NSE) Bajo alcanzan el nivel “satisfactorio”, mientras que en el NSE Alto lo alcanza el 55,4%. Otras evaluaciones, las PISA dadas a conocer en 2019, reiteran la información e indican que “la brecha de nivel socio-económico en Argentina es de las más amplias de Latinoamérica y el mundo” (Alejandro Ganimian, en el Informe sobre el desempeño de Argentina PISA 2018, Educar 2050).

Como señala María Florencia Pinto, en Pobreza y educación: desafíos y políticas de CIPPEC, de abril de 2020, “las distintas evaluaciones de aprendizajes sugieren que, no sólo los alumnos argentinos exhiben un desempeño pobre si se lo compara con los demás países de la región, sino que las habilidades que incorporan durante su paso por el sistema educativo se distribuyen de manera muy desigual, con un fuerte gradiente socioeconómico”.

Estos datos y conclusiones en el Mes de la Educación invitan a una reflexión. Como señala Axel Rivas, en su trabajo con Florencia Mezzadra y Cecilia Veleda La construcción de la justicia educativa “sólo si reconocemos en todos los alumnos una igual dignidad…altas expectativas… y se conocen de igual forma sus particularidades, podrán concebirse políticas tendientes a reducir las injusticias del sistema educativo”.

Mejorar la educación evita más inequidades
Columna de opinión de Inés Aguerrondo, especialista en Innovación educativa

Durante 50 años o más Argentina vivió uno de los procesos de movilidad social ascendente más importantes de su época. La idea fuerza “Educar al Soberano” alentó un pacto entre la sociedad y la escuela que ayudó a emprender un camino de crecimiento sostenido durante medio siglo. No fue un pacto de palabra, se correspondió con decisiones y con hechos. Ese pacto hoy se ha roto.

Nos hemos quedado con la cáscara de las declaraciones y hemos olvidado que estas no son reales si no existen en los hechos. Esto es uno de los factores que han ayudado al crecimiento de la pobreza. Una buena educación es mágica porque rompe el círculo vicioso de la pobreza y lo transforma en un círculo virtuoso.

Tener buena educación permite conseguir mejor empleo (o habilita el emprendedorismo), lleva a mejorar los ingresos, y mejores ingresos dan acceso a mejores bienes culturales y materiales. Es la educación la que hace la diferencia, pero solo si implica buenos y profundos aprendizajes, que exigen esfuerzo.

El Covid-19 nos está poniendo a prueba. ¿En qué estado está el pacto entre sociedad y escuela? ¿Qué prioridad le damos como sociedad, qué reclamos hacemos en esta coyuntura? Algunas situaciones para encender la polémica.

Una: No hay clases, y no las habrá hasta que exista la vacuna (Baradel dixit): ¿quién decide el futuro de la educación? Otra: CABA ha relevado entre los alumnos estatales cuál es su situación, y han localizado alrededor de 6000 que necesitan (sí: necesitan) asistencia personalizada. Elevado el protocolo a la Nación, no lo autoriza por riesgo de contagio. Las escuelas estatales en CABA son alrededor de 900, lo cual da 7 alumnos por escuela. ¿Contagio? ¿Uso y abuso de la coyuntura educativa para la grieta? Ayudar a estos alumnos no los estigmatiza, los ayuda a romper el círculo vicioso para que en el futuro no sean estigmatizados.

Y una tercera situación, realmente preocupante. ¿Todos los alumnos pasan de grado/año sin evaluación? ¿Se van a compensar los contenidos no adquiridos el año que viene o el otro? ¿En serio creen que será así? Quiero recordar que no es esta la primera vez que muchos de nuestros alumnos pierden clase. Ya no nos llama la atención saber que la provincia tal no inició clases y que sus alumnos pasan semanas y meses sin ir a la escuela. En todos esos casos, sin excepción, cuando las cosas se arreglan las noticias reflejan sinceros compromisos de que se van a compensar los contenidos perdidos. Pero nunca se hace, o puede ser que nunca nos enteremos. Y así nos va en las pruebas nacionales e internacionales.

Vuelvo al inicio: creo sinceramente que la educación es la herramienta mágica frente a la desigualdad. Creo que la mayoría de nosotros lo cree. Pero una fe que no se practica no da testimonio. Si las situaciones anteriores no generan escándalo, estamos lejos de creerlo en serio. Y si la sociedad no lo demanda, la dirigencia no tomará partido por nosotros. Mejorar la educación es tan importante como complicado. Es, además, una apuesta a un bien intangible, costoso y de largo plazo. Pero lo que es seguro es que paga buenos dividendos.

Mendoza y la dolorosa brecha entre lo necesario y lo suficiente
Columna de opinión de José Thomas, ministro de Educación de Mendoza.

Una dura postal de la educación en pandemia se presenta en Malargüe, a casi 400 kilómetros de la Ciudad de Mendoza. Aunque podría caber a cientos de escuelas rurales del país. Un joven cruza el Río Grande a bordo de una “jaula” sobre el río, para llegar a la escuela. Su familia desde hace tres generaciones es criadora de cabras. La heroica travesía pretende buscar las cartillas que sus maestros han preparado para estudiar en pandemia. Qué ironía. Agustín tiene celular. Anhela seguir estudiando, pero no tiene conectividad. Falta una antena. Sólo eso necesitan las más de 300 familias de “puesteros” del sur malargüino. Claro ejemplo de algo incompleto.

Disminuir la brecha socioeducativa es una obligación del Estado y debe ser el primer objetivo de gestión de toda administración. El problema, en muchos casos, es que estamos invirtiendo y discutiendo en cómo poner de pie la exitosa escuela del siglo XIX, y no contemplamos que el esfuerzo debe estar focalizado en la educación del siglo XXI.

El Covid le abrió la puerta, como nunca antes, a las tecnologías en la educación. También a pedagogías ya conocidas pero innovadoras dentro del aula, donde el alumno es quien construye su conocimiento, mientras el docente lo guía en el proceso.

La no presencialidad nos mostró que “la tecnología escuela” como elemento igualador es implacable. Que la educación desde la casa es tremendamente desigual, pero también que lo que ocurre dentro de la escuela debe “aggiornarse” a los tiempos que corren, y que la bimodalidad es algo que debe ocurrir como la consecuencia natural de los tiempos que vivimos.

Con estas pedagogías, en las que se destaca la individualidad de los alumnos es primordial el acompañamiento de cada uno. Construir redes de sostén de las trayectorias educativas, coordinadas a través de sistemas digitales nominales que permitan tomar decisiones de política pública basadas en evidencia y fuertemente dirigidas a disminuir la brecha educativa. En Mendoza, gracias a una clara política de gestión con datos, desde hace 4 años se viene implementando el GEM – Gestión Educativa Mendoza. Una plataforma que permite el seguimiento de las trayectorias de cada alumno. Sin presencialidad, podemos identificar el camino que realiza cada uno, y acompañarlos con distintos planes apuntando a sus necesidades puntuales. Esto nos posibilitó además, entregar tecnología en forma eficiente y progresiva, empezando siempre por quienes más lo necesitan. En definitiva, nos permite hacer foco en quienes generalmente menos reciben porque no se ven.

Clarín • 17.09.2020

Con el Covid-19, la educación a distancia se convirtió en distancia con la educación
Por Manuel Alvarez Trongé, Presidente de Educar 2050

No estábamos preparados, la conectividad no fue política de Estado y los resultados ahora están a la vista.
Mil quinientos millones de alumnos en el mundo se quedaron sin clases presenciales por el coronavirus. Los distintos países buscaron educar a los alumnos sin su presencia física en el aula. Esto se llama educación a distancia. Su origen fue la formación por correspondencia, proceso que evolucionó con los medios de comunicación y explotó de la mano de Internet. El acceso a este tipo de educación tiene una autopista que se llama conectividad. Es el puente a las pantallas de las computadoras y de los teléfonos celulares.
¿Por qué esta introducción? Porque hoy en día quien no tiene acceso a este tipo de tecnología y comunicación queda relegado, aislado de la sociedad. Y ese aislamiento comunicacional, en época de pandemia, supuso, en gran medida y en diferentes latitudes, la imposibilidad de recibir educación de sus maestros.
¿Qué sucedió en Argentina? El Ministerio de Educación de la Nación presentó días atrás la Evaluación Nacional del Proceso de Continuidad Pedagógica (realizado entre 5 mil directivos y 25 mil docentes) e informó que sólo el 46% de los hogares cuenta con acceso fijo de buena calidad a Internet y que el 53% de los hogares no cuenta con una computadora para uso educativo. El problema se agrava al reportar la situación de los docentes: casi el 80% tiene problemas de conectividad y el 66% de equipamiento.
Hay más problemas: brecha digital, desconocimiento y mal uso de la tecnología, falta de estrategia. ¿Qué significa todo esto? Que la educación a distancia que nos trajo el Covid-19 en gran medida se convirtió en distancia con la educación.
No estábamos preparados, los planes de distribución de computadoras, capacitación y conectividad no fueron política de Estado y los resultados están a la vista. ¿Por qué no aprovechar la crisis y utilizar la educación a distancia, con información rigurosa detrás, como una herramienta de cambio para ayudar a los docentes y estudiantes para, por ejemplo, completar la jornada extendida que no se cumple, mejorar las trayectorias y cambiar el secundario?.
La Ley de Educación (art. 108) en 2006 respondió esta pregunta: “El Estado Nacional y las jurisdicciones, en el marco del Consejo Federal de Educación, diseñarán estrategias de educación a distancia orientadas a favorecer su desarrollo con los máximos niveles de calidad y pertinencia”. Es hora de hacerlo.

Enseñanza híbrida y de calidad, ese es el objetivo
Columna de opinión de Fabio Tarasow, coordinador académico del Proyecto Educación y Nuevas Tecnologías (PENT), FLACSO Argentina.

¿Si se cierra el aula, se enciende el Zoom? Como en la mítica publicidad de un gel íntimo en los 80, pareciera que al cierre de las aulas le sigue la apertura de las aulas virtuales y todo continúa su curso natural.

Pero, a partir de diversas iniciativas, ensayos y errores, fue quedando claro a quienes no estaban familiarizados con la educación en línea que los espacios virtuales no son una traducción directa del aula física, que no bastaba con programar Zoom o administrar ejercicios con diferentes “programitas”. Crear espacios de enseñanza con tecnologías digitales, donde los alumnos puedan concretar aprendizajes significativos, es una tarea compleja que requiere cuestionarnos sobre el cómo y el para qué de la educación y tomar decisiones a partir de ello.

En un espacio en línea, el docente va construyendo el vínculo con los alumnos a partir de la propuesta de actividades, de los recursos que hace disponibles, de los canales de diálogo que habilita, no sólo para dar información sino también para poder acompañar, preguntar, corregir, dar retroalimentación.

En un espacio virtual de aprendizaje educativamente valioso, los alumnos tienen la posibilidad de hacer diferentes cosas, desde las más comunes como leer o mirar, pero también -y sobre todo- explorar, formular hipótesis, diseñar, preguntar, dialogar y trabajar de forma colaborativa con compañeros y docentes. El espacio en línea se convierte en un punto de encuentro que invita a hacer, y sobre todo a encontrarse y dialogar, con los colegas y con el docente. Este principio sirve tanto para pensar “la escuela”, la formación profesional o la educación continua.

No existe ningún software o plataforma educativa que resuelva todo este proceso de “construir el espacio de enseñanza”. Por el contrario, por las limitaciones de la tecnología, el software educativo tiende a focalizarse más en fragmentar los contenidos y medir respuestas correctas. Pero aprender es mucho más que eso. Así que el docente debe ser ingenioso para lograr reconstruir este vínculo con diferentes aplicaciones y plataformas.

Con esto en mente, tenemos que empezar a tomar en cuenta todo lo que hace falta para que la educación en línea se convierta en una verdadera respuesta inclusiva que amplifique el rol democratizador de la escuela. Desde acompañar a los docentes a reconfigurar su tarea en línea, apoyando a directivos para generar la presencia institucional en la Red, hasta promover una política de conectividad que asegure que, al menos, los aspectos materiales de la brecha digital tiendan a reducirse. La tarea es ardua y apunta a metas de corto y mediano plazo. Pero sin duda, propiciar un modelo de educación híbrida de calidad, asegura que podamos dotar de las herramientas necesarias a las nuevas generaciones.

Por una política de alfabetización digital y acuerdos para que todos la respeten
Columna de opinión de Silvina Gvirtz, secretaria de Ciencia, Tecnologías y Política Educativa de La Matanza, ex directora de Conectar Igualdad.

La educación es siempre una apuesta que, en el presente, se realiza hacia el futuro. Cada vez con más fuerza habrá de asumir la construcción de un conocimiento relacionado con campos de saber múltiples e interdisciplinarios: con el avance constante del desarrollo tecnológico, con la transformación de la noción de ciudadanía y sin que medie el consumo como eje privilegiado de la vida social y la marginalidad social como producto. En este contexto, pensado en la post pandemia, sabemos de la necesidad de repensar la escuela secundaria en particular, con más horas, con espacios curriculares flexibles y con la necesidad de potenciar procesos de alfabetización digital.

El sentido común que atribuye a los jóvenes el ser “nativos digitales” se equivoca. Algunos están directamente sin acceso a ella, otros apenas tienen un mejor manejo instrumental respecto de los adultos.

Las tecnologías deberían ocupar un lugar fundamental como estrategia de mejoramiento escolar, siempre y cuando su implementación responda a criterios pedagógicos claros y no se conviertan en un “como si” tendientes a modernizar superficialmente la escuela.

De eso se trata la alfabetización digital, de favorecer el desarrollo de nuevas capacidades que permitan enfrentar problemas desde una perspectiva que va más allá de lo instrumental. Robótica, programación, inteligencia artificial, algoritmos, big data, apenas enumeran algunos temas a trabajar en el aula.

Hoy cada usuario de Internet, cuando navega, produce una huella digital. Sucede al usar cualquier dispositivo y se genera al hacer “clic” en una página, un posteo en Facebook, un video en Tik-Tok, al poner un “like” en Twitter o mirar un video en YouTube. Millones de rastros generan conjuntos de datos –y saber para qué son almacenados e impedir una posible manipulación maliciosa- es un conocimiento clave.

Si queremos empoderar a nuestros estudiantes es imprescindible también que aprendan los lenguajes de la red para poder usarlos e inclusive es preciso llegar a un conocimiento más avanzado que les abra la posibilidad de programar.

La igualdad en el acceso a la conectividad y a las TICs es un pendiente. El desafío es lograr que todos los alumnos puedan apropiarse de ellas como instrumentos para ser consumidores inteligentes y productores.

​Construir una escuela con estas características no es otra cosa que propiciar la posibilidad de un futuro mejor y más justo. Convertir esta crisis en una oportunidad sólo será posible con políticas universales como fue Conectar Igualdad y con consensos necesarios para que los sucesivos gobiernos de turno acuerden respetarlas y mejorarlas.

Clarín • 24.09.2020

Volver a las aulas: un dilema que necesita de equilibrio, protocolos y creatividad

Mantenerlas cerradas multiplica el daño educativo y abrirlas multiplica el riesgo sanitario. Cómo resolverlo.


Por Manuel Alvarez Trongé, Presidente de Educar 2050

El regreso a clases presenciales presenta hoy un dilema difícil de resolver. Por un lado la necesidad indispensable de que los menores vuelvan luego de 7 meses sin poder estar en la escuela, con el incremento a la desigualdad, deserción y déficit de los aprendizajes que el cierre supone. Por el otro el riesgo a la salud de millones de personas (contagios y muerte) que el movimiento de apertura implica.

En Argentina hay más de 27 millones de habitantes en contacto diario con la educación. Son 12 millones de alumnos, un millón de docentes distribuidos en algo más de 6 millones de hogares con 26 millones de personas (madres, padres, abuelos, tíos, hermanos) que conviven con al menos un niño, niña o adolescente en edad escolar, según datos de UNICEF Argentina.

La disyuntiva está planteada: tener cerradas las aulas multiplica el daño educativo y abrirlas multiplica el riesgo sanitario. El secretario general de las Naciones Unidas advirtió que la pandemia ha causado el trastorno “más grave registrado en los sistemas educativos en toda la historia” y señaló que es probable que los cierres de escuelas acaben con décadas de progreso, ratificando el daño a los aprendizajes y la probable deserción de millones de estudiantes.

Profesionales de distintas organizaciones internacionales (REDUCA por ejemplo) han agregado que tener a los menores encerrados los expone a enfermedades psicológicas, así como a abusos y otros padecimientos. Esto no niega que abrir las escuelas en pandemia implica un riesgo a la salud.

La Universidad de Harvard publicó un informe, a fines de agosto, donde señaló: “la transmisibilidad o el riesgo de contagio es mayor con una carga viral alta como la que mostró el informe en niños y jóvenes de 0 a 22 años”.

Está claro entonces que, como lo están demostrando distintos países (que prueban sistemas mixtos y han abierto y cerrado escuelas), la mejor solución a este dilema necesita equilibrio, protocolos, creatividad y un esfuerzo extra como muestra de la importancia de la presencialidad.

Muchos estudiantes, padres y madres y docentes piden hacer todos los esfuerzos por volver como una muestra, antes de fin de año, de a uno o de a pocos menores, a un espacio abierto de la escuela o a un espacio público, con alternancia, donde vean a sus maestros y a sus compañeros y donde se distribuya algún material escolar. Este puede ser un ejemplo que enseñe. Nuestra ley establece que “la educación es prioridad nacional”. Y de los ejemplos se aprende. 

La alternancia, como un ejemplo a seguir

Por Irene Kit, de Educación para Todos

La incógnita sobre el regreso a clases puso en vigencia la alternancia como solución a la no presencialidad. Se visibilizan las escuelas secundarias de alternancia en medio rural, pero superficialmente sólo se destaca el régimen de asistencia: una semana en la escuela y dos semanas en casa.

El modelo de alternancia nació en Francia en los años 30, buscando evitar el alejamiento familiar de los adolescentes rurales para estudiar. Lleva 50 años en Argentina: hoy 20.000 alumnos conjugan su educación con el arraigo y el desarrollo local. En estas décadas enfrentó la persecución de las dictaduras y la negación de las burocracias: el compromiso de las familias, estudiantes y docentes mantuvo la vitalidad de esta propuesta.

Este modelo replantea el lugar y el sentido de la formación. Un lema es “En la escuela se enseña, pero se aprende en todo lugar y en cualquier momento”. El aprendizaje es diálogo entre situaciones vitales y escolares: la vida cotidiana ofrece oportunidades formativas, que en la escuela se nutren de habilidades y conocimiento específicos. Se parte de observar los fenómenos, entenderlos y actuar sobre ellos. Los estudiantes desarrollan sus capacidades cognitivas, sociales y emocionales desde su interés y ámbito de acción: así el resultado es más más profundo y duradero que en las prácticas pasivas que aún predominan en las aulas, con profesores agotados de transmitir largas listas de contenidos fuera de contexto.

La pedagogía es simple y profunda: abandona la típica clase expositiva -el modelo bancario de Freire- y asume la permanente búsqueda protagonizada por los estudiantes bajo la conducción del docente -la mayéutica de Sócrates-. La pregunta, el debate, el análisis y la síntesis, el trabajo cooperativo entre los estudiantes superan la repetición individual de contenidos sueltos destinados al olvido. Las semanas en casa son para construir y aplicar el conocimiento. Las familias -pequeños productores y jornaleros rurales- participan del gobierno de la escuela: sus esfuerzos ven fruto porque sus hijos e hijas se educan sin dar la espalda a su realidad.

El sistema educativo hoy mira la alternancia; que no sea al modo de rueda de auxilio por la tormenta sanitaria. Su modelo pedagógico y su organización participativa interpelan la inercia del sistema educativo; y aportan ideas interesantes para la semipresencialidad venidera: las autoridades y los técnicos pueden nutrirse de sus principios y experiencia para movilizar rutinas y apuntalar el aprendizaje en todo tiempo y lugar.

¿Por qué no aprovechar esta experiencia para el difícil regreso a clases próximo? Las escuelas de alternancia tienen mucho para dar: sólo esperan que no se pretenda formatearlas para asimilarlas a la escuela tradicional, y se respete su identidad sin reducirla a una simple cuestión de cronograma.

Priorizar el interés superior del niño y avanzar en una reapertura segura

Por Cora Steinberg, especialista de Educación de Unicef 

María, Juan y Carina tienen 4, 11 y 16 años. Viven en distintos lugares en nuestro país; en marzo comenzaron las clases como la gran mayoría de los chicos y la pandemia hizo que sus escuelas deban suspender las actividades presenciales. En este tiempo, se pusieron en marcha distintas estrategias para que puedan seguir estudiando: clases virtuales, contactos por WhatsApp, cuadernillos impresos, programas de TV y radio. Pero ellos comparten otra realidad: viven en hogares en situación de alta vulnerabilidad social y económica, que se acrecentó por la pérdida de ingreso o del empleo de los adultos.

En un país con grandes desigualdades territoriales y sociales y muy dispar acceso a la conectividad y equipamiento tecnológico, 6 de cada 10 niños, niñas y adolescentes viven situación pobreza y el cierre de las escuelas impacta en sus aprendizajes, pero también los expone a otros riesgos: abusos, depresión, trabajo infantil, enfermedades, embarazo adolescente, desnutrición; aspectos que aumentan las probabilidades de interrupción de su trayectoria escolar.

La situación epidemiológica es dinámica y crítica todavía en varias ciudades del país. Esto implica fases diferenciadas con estrictos protocolos para reducción del riesgo. Sin embargo, es prioritario avanzar en la puesta en marcha de estrategias acordadas en el Consejo Federal de Educación para la reapertura progresiva de las escuelas.

Con la evidencia científica disponible, la OMS, UNESCO y UNICEF instan a priorizar el interés superior del niño, y allí donde las autoridades gubernamentales autoricen, avanzar en la reapertura segura.

Volver de manera progresiva debe considerar tres elementos claves: planificación y protocolos, decisiones consensuadas con todos los actores de la comunidad educativa involucrados, y condiciones materiales para una reapertura segura.

Modelos de alternancia presencial y remota, grupos reducidos, uso de espacios públicos y escolares son algunas de las propuestas. Trabajar de modo integral con otros sectores para asegurar movilidad segura y el sostenimiento de distintos servicios de protección es crucial. Las desigualdades educativas ya existían y corremos el riesgo de profundizar estas brechas que impactarán en el desarrollo de gran parte de una generación de niños/as y adolescentes.

Datos oficiales advierten que más de un millón chicos y chicas han tenido nula o baja intensidad en la continuidad escolar en este período, entre ellos están María, Juan y Carina. Construir las estrategias para garantizar las condiciones seguras para enseñar, aprender y cuidar su bienestar es responsabilidad de todos. En juego está su presente y su futuro.